Iglesia (católica) y Estado (totalitario) en Cuba (II)

jueves, 26 de abril de 2012

Arnaldo M. Fernández

La astucia de la jerarquía católica viene de lejos. Luego de enmarcarse
en el concordato (1851) entre España y la Santa Sede, la Iglesia
católica en Cuba consideró las guerras de independencia como gestas
contra la hispanidad y acabó en el bando perdedor. De contra tuvo que
encarar el flujo protestante desde EE. UU. La república poscolonial fijó
en su constitución (1901) la separación entre Iglesia y Estado (Artículo
26) y aquella tuvo que engolfarse en catolizar al pueblo. Se crearon
nuevas diócesis: primero (1903) en Pinar del Río y Cienfuegos; más tarde
(1912), en Camagüey y Matanzas. Hacia 1916 el papa Benedicto XV accedía
a proclamar la Virgen de la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba.

Para 1954, la encuesta ¿Cómo piensa el pueblo de Cuba? (Buró de
Información y Propaganda de la Agrupación Católica Universitaria) entre
2,758 adultos de la ciudad y 1,242 del campo arrojó que 96.5% creía en
dios y 72.5% decían ser católicos, pero los propios encuestadores
acotaban: «Los grandes móviles que hacen a la mayoría de las gentes
acercarse a la Iglesia o alejarse de ella, no son nunca de carácter
teórico o abstracto, sino de orden concreto y personal» (página 6).
Castro lo sabía: «En general se consideraba a Cuba un país católico. Yo
no estoy de acuerdo con ese concepto, porque se confunden los términos»
(«Conversación con los representantes de las iglesias de Jamaica»,
Bohemia, 18 de noviembre de 1977, página 17).

Al llegar Castro al poder, la jerarquía católica tuvo que andar con
cautela, porque el arzobispo de La Habana, cardenal Manuel Arteaga y
Betancourt, había saludado el madrugonazo (marzo 10, 1952) y alabado a
Batista por salir ileso del asalto a Palacio (marzo 13, 1957). No
obstante, el obispo Enrique Pérez Serantes (Santiago de Cuba) largó
enseguida su pastoral «Vida nueva» para elogiar al «hombre de dotes
excepcionales [que] ha escrito en el cielo de Cuba la palabra triunfo»,
y otra más: «El justo medio», para defenderlo frente a quienes
repudiaban los fusilamientos de los criminales de la guerra civil: «Es
derecho que le asiste a los Estados y la pena de muerte es válida
incluso en el Vaticano».

De este modo principió en el catolicismo cubano el estilo de pensamiento
a favor de la revolución castrista, pero con las miras puestas en
preservar el espacio social de la iglesia. La medida legal apresurada
(Ley 11-1959) de anular los títulos otorgados entre 1956 y 1958 por
universidades privadas —entre ellas Santo Tomás de Villanueva, Candler,
La Salle y La Masónica— dio pie a otro estilo: la crítica impugnadora,
que se estrenó con protesta anónima contra la tentativa presunta del
castrismo de «barrer la influencia del catolicismo en Cuba» («Complot
contra la Iglesia», Elcelsior, 19 de febrero de 1959, página 2). Un
estilo de pensamiento contrario había bajado de la Sierra. El padre
Lucas Ituretagoyena, capellán del II Frente Frank País, allanó el camino
hacia el apoyo irrestricto a Castro al conjugar su sacerdocio —«me
preocupaba que esos muchachos combatientes, muchos de ellos en peligro
de muerte, no tuvieran asistencia espiritual»— con «vivas simpatías por
la revolución» (La Quincena, No. 1-2, enero de 1959)*. Así quedó
planteada la «batalla de ideas» dentro del catolicismo en medio de la
revolución castrista: por colisión de al menos tres corrientes de
pensamiento. (Continuará).



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