Vaticano Inc. (con perdón)

domingo, 8 de abril de 2012

Carlos Alberto Montaner

En México y Cuba muchas personas se sintieron defraudadas porque el papa
no se quiso reunir con las víctimas de ciertos crueles atropellos. ¿Por
qué el papa, en esta oportunidad, esquivó estos encuentros, propios de
una institución que tiene entre sus múltiples propósitos compadecer a
los que sufren?

La razón principal me la explicó un amigo experto en estos asuntos
religiosos: "porque el papa –me dijo– es el CEO (el supergerente, para
entendernos) de la más antigua multinacional italiana que existe en el
planeta, y tiene que balancear cuidadosamente sus compromisos, sus
objetivos y los principios que animan a la empresa que él dirige".

O sea, Vaticano Inc, con perdón. Desde esa perspectiva, la Iglesia
Católica es una enorme empresa de servicios espirituales y asistencia
social. Los servicios espirituales, esencialmente, consisten en sostener
y propagar una forma de convivencia derivada de las prédicas atribuidas
a Jesús de Nazaret, basada en el amor y el perdón que, de acuerdo con
las creencias del grupo, permiten alcanzar una placentera vida eterna
tras la inevitable muerte física.

Las creencias básicas de los católicos-apostólicos-romanos fueron
codificadas en el siglo II en el Credo, una especie de resumen teológico
compuesto de doce proposiciones centradas en la divinidad de Jesús. No
hay en el Credo la menor alusión a las libertades civiles o a las
virtudes de la democracia. Ésas, sencillamente, no eran las
preocupaciones principales de los primeros cristianos, ocupados, como
estaban, en rebatir los argumentos y las convicciones de otros sectores
herejes del judaísmo.

Para seguir con el símil, el CEO de esa empresa, el papa, con su
headquarter en Roma, cuenta con una Junta de Directores (el Colegio
Cardenalicio, hoy compuesto por más de 200 miembros, cuya más importante
función es elegir al CEO), algo más de cinco mil gerentes y ejecutivos
regionales (los obispos), unos 410 000 empleados (sacerdotes), 55 000
religiosos adscritos a diversas órdenes, y más de 740 000 abnegadas
asistentes (monjas).

Esta impresionante masa de empleados de la "empresa", de la que derivan
sus salarios y diferentes formas de vida, están geográficamente
adscritos a 2 775 diócesis, administran una enorme cantidad de templos,
edificios, escuelas y museos de todas clases y, al menos teóricamente,
guían o sirven a mil cien millones de clientes (fieles) de los que
obtienen su sustento. Como cualquier empresa, el objetivo de Vaticano
Inc es ganar y mantener nuevos adeptos (salvar almas) en competencia con
otras compañías que ofrecen servicios parecidos.

Para poder llevar a cabo la misión básica de la empresa (propagar la fe
religiosa) y mantener la gigantesca estructura que le da soporte,
fundamentalmente dedicada a enseñar, ayudar a los desvalidos y
administrar los sacramentos, el CEO tiene que balancear constantemente
los principios, los objetivos de corto plazo y las obligaciones que le
impone la realidad.

Es verdad que la empresa, según proclama, está primordialmente sostenida
por valores morales, pero ¿qué hace cuando otras fuerzas (los gobiernos
totalitarios, por ejemplo) ponen en peligro la supervivencia de la
estructura que le permite difundir la fe religiosa que ellos profesan y
le proporciona los medios para continuar predicando?

Por solo citar tres ejemplos, ése fue el dilema de Pío XI cuando pactó
en Letrán con Mussolini y sus fascistas la creación del Estado Vaticano.
Ese fue el conflicto de Pío XII con Hitler y los nazis, con quienes
contemporizó o enfrentó tibiamente, hasta donde pudo, temeroso de que un
zarpazo los aniquilara. Eso, en alguna medida, explica las magníficas
relaciones entre Roma y el franquismo español, por lo menos durante los
primeros 30 años de una dictadura que se proclamaba nacional-católica.

¿Cuándo comenzó este enredo entre el catolicismo y los poderes
terrenales, entre los valores y un pragmatismo, a veces, amoral? Empezó
a fines del siglo IV, cuando el emperador romano Teodosio I estableció
que esta vertiente cristiana (había otras) era la religión oficial y
única del imperio, y quien no la acatara sería declarado "loco y malvado".

A partir de ese momento, la Iglesia Católica fue segregando una
estructura muy romana acorde con su objetivo de servir al Estado, con
los inconvenientes y compromisos que ello conlleva. Han pasado casi dos
mil años y no ha podido sacudirse ese primer abrazo. Todavía hoy, el 17%
de los cardenales son italianos. Hubo épocas recientes en que eran más
de la mitad.

Tal vez es imposible mantener una empresa tan vieja de esas dimensiones
sin hacer incómodas concesiones que le permitan sobrevivir. Lo de "París
bien vale una misa" también se puede leer por la otra punta. Para dar
misa a veces hay que ceder ante París.

Es triste.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela La mujer del coronel.

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