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miércoles, 2 de mayo de 2012

Rapsodia en plomo

Madelaine se había encontrado con muchas personas que decían haber conocido a Camilo Cienfuegos. Entre ellos, Lorenzo, un plomero que fue a arreglarle el baño del piso que rentaba. Lorenzo se jactaba de ser saxofonista y era cierto porque le había dado una tarjeta de muchos colores del bar donde él tocaba los fines de semana.

Lorenzo le contó que en aquellos primeros años de la Revolución tocaba su saxofón en un cabaret exclusivo de Guanabo, donde acostumbraba a ir gente de dinero y muchas prostitutas. Una noche, ya avanzada la madrugada, aparecieron cinco convertibles de lujo llenos de rebeldes barbudos vestidos de uniforme verde olivo y se regó entre los presentes el comentario de que allí estaba el comandante Camilo, cosa que sucedió minutos después. Camilo entró, puso su ametralladora sobre la mesa, y enseguida vino un camarero. Varias mujeres iban riendo con él mientras lo besaban por turnos, se hizo silencio y todos los presentes se pusieron de pie y aplaudieron a Camilo, al “Señor de la Vanguardia” que honraba aquel lujurioso cabaret con su presencia, entonces la banda comenzó a tocar más fuerte que de costumbre y Lorenzo se quedó atrás luciendo los talentos que poseía con su instrumento. Hubo un descanso en que se le acercó a Lorenzo uno de los barbudos que acompañaba a Camilo y le dijo que debía acompañarlos. El músico le explicó que aún no terminaba su función, pero el barbudo enojado le dijo que eran órdenes directas del comandante Camilo, que tenía que irse con ellos si no quería pasarla mal. Lorenzo continuaba narrando en lo que cambiaba el tubo del inodoro como sintió mucho miedo cuando lo montaron en uno de los convertibles donde casi lo llevaban encañonado, eran seguidos por el auto de Camilo quien iba tomando de su botella y besando desenfrenadamente a todas las mujeres que lo acompañaban llenas de lentejuelas y vestidos ajustados.

Avanzaron buen tramo en la remota noche, su mente comenzó a pensar mil cosas de una manera muy rápida, estaba seguro de que lo habían confundido con alguien, que estaban en un error y aunque trató de expresarlo la respuesta venía envuelta en la amenazadora mirilla de un arma. En aquellos primeros meses de la revolución ser fusilado por sospechas de contrarrevolucionario no era nada raro. En medio del miedo, las dudas y lo surreal de la noche, llegaron a un lugar apartado en medio de una desierta carretera y comenzaron a avanzar monte adentro. Camilo y las mujeres, que no paraban de reír, iban detrás. Lorenzo estaba seguro de que había llegado su hora, poco antes estaba en el escenario club tocando su saxofón de y ahora dispuesto a pagar por algo que no hizo. Se detuvieron en un monte lleno de árboles y le dijeron a Lorenzo que caminara un tramo hasta alejarse del grupo. Lorenzo sentía que Camilo se paraba frente a el y rastrillaba su ametralladora.

¡Saca tu instrumento muchacho! —le dijo uno de los barbudos— ¡Dale!

Lorenzo muerto de miedo y nervios ensambló su saxofón.

—¡Ahora toca, toca! —le volvió a decir.

Y comenzó Lorenzo a tocar en entrecortados soplos su saxo seguro que era la última vez que lo hacía.

Una ráfaga eléctrica cruzó a su lado, los plomos encendidos alumbraban la manigua creando centelleantes caminos en la noche. Camilo disparaba con su ametralladora a la nada mientras reía desaforadamente:

— ¡No pares de tocar hasta que el comandante diga! ¡No pares!

Y seguía Lorenzo con su saxo convencido de que era el mejor músico sobre la tierra que hasta el mismo comandante Camilo Cienfuegos lo había buscado para que le tocara en lo que el lanzaba las valientes y únicas ráfagas de su ametralladora al cielo en medio de un alocado rapto. “Rapsodia en plomo” podría llamarse su pieza, de pronto en un arpergio raro se detuvo todo.

Regresaron en silencio, a él lo dejaron en una parada de ómnibus en las afueras de Santa María.

— Es que el comandante cuando estaba en la Sierra soñó que estaba disparando mientras alguien tocaba el saxofón —le dijo al regreso el mismo guardia que lo amenazó dándole unas palmaditas en la espalda. —Tranquilo y no le cuente nada a nadie, ya sabe.

Y Lorenzo asintió muy frío y tranquilo, como sacado de un profundo accidente.

Madelaine quedó dormida y soñó que su avión caía al mar.

Magdiel Aspillaga
Miami

© Este fragmento pertenece al libro inédito REQUIEM EN BETA. No puede ser reproducido en ningún otro sitio, salvo con autorización de su autor.

http://www.penultimosdias.com/2012/05/02/rapsodia-en-plomo/

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