miércoles, 29 de noviembre de 2017

Los cuatro acuerdos (introduccion)

Aviso para navegantes:

Para los que me conocen de Internet, o personal mente y quizás se sorprendan y pregunten ¿Que mosca te ha picado, para que abandones de pronto, el monotema de la política, al que ha estado dedicado siempre este blog, y pases a esta cuestión espiritual, presuntamente tolteca... escrita por un señor moderno?

A mi modesto entender, lo de los toltecas, es solo un pretexto, como los pobres desaparecieron hace siglos, se les puede achacar practicamente cualquier cosa. 

Hasta algo bueno, por ejemplo. Algo útil ahora mismo.  

Después de leerme de cabo a rabo todo el texto, he llegado a la conclusión de que responde (de manera que cualquiera, religioso o descreído, puede entender a la primera) a una pregunta que yo me había hecho con insistencia, durante mucho tiempo y que seguro les resultara familiar:

¿Que "arte" tienen algunas personas para joderte mortalmente la vida, y hacerte sentir un flan moral, solo con una mirada y una palabra?

Pues aquí lo explican de maravilla. Y por eso lo comparto.

Que lo disfruten tanto como yo. Que me he reído mucho, probando a ver mis "batallitas" desde un angulo nuevo...



Miguel Ruiz LOS CUATRO ACUERDOS
Un libro de la Sabiduría Tolteca

Los Toltecas
 
Los Toltecas

Hace miles de años los Toltecas eran conocidos en todo el sur de México como  «mujeres  y  hombres  de  conocimiento».  Los  antropólogos  han  definido  a  los  toltecas como una nación o una raza, pero de hecho, eran científicos y artistas que  formaron una sociedad para estudiar  y conservar  el conocimiento  espiritual  y las  prácticas de sus antepasados. 



Teotihuacán

Formaron  una comunidad de maestros ( naguales)  y  estudiantes en Teotihuacán, la ciudad de las pirámides en las afueras de Ciudad de  México, conocida como el lugar en el que «el hombre se convierte en Dios».

A  lo  largo  de  los  milenios  los  naguales  se  vieron  forzados  a  esconder  su  sabiduría ancestral  y  a mantener su existencia  en  secreto. La  conquista  europea,  unida a un  agresivo mal uso  del poder personal  por parte  de algunos aprendices,  hizo  necesario  proteger  el  conocimiento  de  aquellos  que  no  estaban  preparados  para  utilizarlo  con  buen  juicio  o  que  hubieran  podido  usarlo  mal  intencionadamente para obtener un beneficio personal.

Por fortuna, el conocimiento esotérico tolteca fue conservado y transmitido de  una generación a otra por distintos linajes de  naguales . Aunque permaneció oculto  en  el  secreto  durante  cientos  de  años,  las  antiguas  profecías  vaticinaban  que  llegaría  el  momento  en  el  que  seria  necesario  devolver  la  sabiduría  a  la  gente.

Ahora,  don  Miguel Ruiz,  un  nagual   del  linaje  de  los  Guerreros del  Águila,  ha  sido  guiado para divulgar las poderosas enseñanzas de los toltecas.


El conocimiento  tolteca surge  de la misma  unidad  esencial de la verdad de la  que parten todas las tradiciones esotéricas sagradas del mundo. Aunque no es una  religión, respeta a todos los maestros espirituales que han enseñado en la tierra, y  si bien abarca el espíritu, resulta más preciso describirlo como una manera de vivir  que se distingue por su fácil acceso a la felicidad y el amor.



Círculo de fuego

Al  Círculo de fuego; 
los que ya se han ido,
 los que están presentes
    y los que aun tienen que llegar



Introducción

Espejo Humeante


Hace tres mil años había un ser humano, igual que tú

y que yo, que vivía cerca  de una ciudad rodeada de montañas. Este ser humano estudiaba para convertirse en un chamán, para  aprender el  conocimiento  de  sus  ancestros,  pero  no  estaba  totalmente de acuerdo con  todo lo que aprendía. En su corazón sentía  que  debía  de haber algo más.

Estoy  en  medio  de  las  estrellas

Un  día,  mientras  dormía   en  una  cueva,  soñó  que  veía  su  propio  cuerpo  durmiendo. Salió de la cueva a una noche de luna llena. El cielo estaba despejado y  vio una infinidad de estrellas. Entonces, algo sucedió en su interior que transformó  su vida para siempre. Se miro las manos, sintió su cuerpo y oyó su propia voz que  decía: «Estoy hecho de luz; estoy hecho de estrellas».
 

Miró al cielo de nuevo y se dio cuenta de que no son las estrellas las que crean  la luz, sino que es la luz la que crea las estrellas. «Todo está hecho de luz ‐ dijo ‐, y  el  espacio  de  en  medio  no  está  vacío.»  Y  supo  que todo  lo  que  existe  es  un  ser  viviente, y que la luz es la mensajera de la vida, porque está viva y contiene toda la  información.

Entonces  se  dio  cuenta  de  que, aunque  estaba  hecho  de  estrellas,  él  no  era  esas  estrellas.  «Estoy  en  medio  de  las  estrellas»,  pensó.  Así  que  llamó  a  las  estrellas el  tonal  y a la luz que había entre las estrellas el  nagual , y supo que lo que  creaba la armonía y el espacio entre ambos es la Vida o  Intento . Sin Vida, el tonal y  el nagual no existirían. La Vida es la fuerza de lo absoluto, lo supremo, la Creadora  de todas las cosas.

Esto  es  lo  que  descubrió:  Todo  lo  que  existe  es  una  manifestación  del  ser  viviente al que llamamos Dios. Todas las cosas son Dios. Y llegó a la conclusión de  que la  percepción  humana  es  sólo luz  que percibe luz.

También  se dio cuenta  de  que la materia es un espejo ‐ todo es un espejo que refleja luz y crea imágenes de  esa  luz  ‐  y  el  mundo  de  la  ilusión,  el  Sueño ,  es  tan  sólo como  un humo que  nos  impide ver lo que realmente somos. «Lo que realmente somos es puro amor, pura  luz», dijo.

Este descubrimiento cambió su vida. Una vez supo lo que en verdad era, miró  a su alrededor y vio a otros seres humanos y al resto de la naturaleza, y le asombró  lo  que  vio.  Se  vio  a  sí  mismo  en  todas  las  cosas:  en  cada  ser  humano,  en  cada  animal, en cada árbol, en el agua, en la lluvia, en las nubes, en la tierra ... Y vio que  la Vida mezclaba  el tonal  y  el nagual  de  distintas maneras  para crear millones  de  manifestaciones de Vida.

En  esos  instantes  lo  comprendió  todo.  Se  sentía  entusiasmado  y  su  corazón  rebosaba paz. Estaba impaciente por revelar a su gente lo  que había descubierto.

Pero no había palabras para explicarlo. Intentó describirlo a los demás, pero no lo  entendían. Vieron que había cambiado, que algo muy bello irradiaba de sus ojos y  de su  voz.  Comprobaron  que  ya  no  emitía  juicios  sobre  nada ni  nadie.  Ya  no  se  parecía a nadie.

Él los comprendía muy bien a todos, pero a  él nadie lo comprendía.  Creyeron  que era una encarnación de Dios; al oírlo, él sonrió y dijo: «Es cierto. Soy Dios. Pero  vosotros  también  lo  sois.  Todos  somos  iguales.  Somos  imágenes  de  luz.  Somos  Dios». Pero la gente seguía sin entenderlo.

Había  descubierto  que  era  un  espejo  para  los  demás,  un  espejo  en  el  que  podía  verse  a  sí  mismo.  «Cada  uno  es  un  espejo»,  dijo.  Se  veía  en  todos,  pero  nadie se  veía  a  sí  mismo  en  él.  Y  comprendió  que  todos  soñaban  pero  sin  tener  conciencia  de  ello,  sin  saber  lo  que  realmente  eran.  No  podían  verse  a  ellos  mismos  en  él  porque  había  un  muro  de  niebla  o  humo  entre  los  espejos.  Y  ese  muro de niebla  estaba construido  por la interpretación  de las imágenes de luz: el  Sueño de los seres humanos.

Entonces  supo  que  pronto  olvidaría  todo  lo  que  había  aprendido.  Quería  acordarse  de  todas  las  visiones  que  había  tenido,  así  que  decidió  llamarse  a  sí  mismo Espejo Humeante para recordar siempre que la materia es un espejo y que  el  humo  que  hay  en  medio  es  lo  que  nos impide  saber  qué  somos.  Y  dijo: «Soy  Espejo  Humeante  porque  me  veo  en  todos  vosotros,  pero  no  nos  reconocemos  mutuamente  por  el  humo  que  hay  entre  nosotros.  Ese  humo  es  el  Sueño ,  y  el  espejo eres tú, el soñador».
   

Es fácil vivir con los ojos cerrados,
                  interpretando mal todo lo que se ve ...
                                                        ‐ John Lennon

                     


I . La domesticación y  el sueño del planeta 


Lo que  ves  y  escuchas  ahora mismo  no  es más que un sueño. En este mismo  momento estás soñando. Sueñas con el cerebro despierto.

Soñar es la función principal de la mente, y la mente sueña veinticuatro horas  al día. Sueña cuando el cerebro está despierto y también cuando está dormido.

La  diferencia estriba en que, cuando el cerebro está despierto, hay un marco material  que nos hace percibir las cosas de una forma lineal. Cuando dormimos no tenemos  ese marco, y el sueño tiende a cambiar constantemente.

Los  seres  humanos  soñamos  todo  el  tiempo.  Antes  de  que  naciésemos,  aquellos que nos  precedieron crearon  un  enorme sueño  externo  que llamaremos  el  sueño  de  la  sociedad  o  el  sueño  del  planeta.  


el  sueño  del  planeta

El  sueño  del  planeta  es  el  sueño  colectivo  hecho  de  miles  de  millones  de  sueños  más  pequeños,  de  sueños  personales  que,  unidos,  crean  un  sueño  de  una  familia,  un  sueño  de  una  comunidad, un sueño de una ciudad, un sueño de un país, y finalmente, un sueño  de toda la humanidad. 

El sueño del planeta incluye todas las reglas de la sociedad,  sus  creencias,  sus  leyes,  sus  religiones, sus  diferentes  culturas y  maneras  de  ser,  sus gobiernos, sus escuelas, sus acontecimientos sociales y sus celebraciones.

Nacemos con la capacidad de  aprender a soñar, y los seres humanos que nos  preceden nos  enseñan a  soñar  de  la  forma  en  que  lo  hace  la sociedad.  


El  sueño  externo  tiene tantas reglas que, cuando  nace un niño, captamos su atención  para  introducir  estas  reglas  en  su  mente.  El  sueño  externo  utiliza  a  mamá  y  papá,  la  escuela y la religión para enseñarnos a soñar.

La  atención   es la capacidad  que  tenemos  de discernir  y centrarnos  en aquello  que  queremos  percibir.  Percibimos  millones  de  cosas  simultá neamente,  pero  utilizamos  nuestra atención  para retener  en  el primer  plano  de  nuestra mente lo  que  nos interesa. Los adultos que nos rodeaban captaron nuestra atención  y,  por  medio  de  la repetición,  introdujeron  información en nuestra  mente.  Así  es  como  aprendimos todo lo que sabemos.  Utilizando  nuestra  atención  aprendimos  una  realidad  completa,  un  sueño  completo. Aprendimos cómo comportarnos en sociedad: qué creer y qué no creer;  qué es aceptable y qué no lo es; qué es bueno y qué es malo; qué es bello y qué es  feo; qué es correcto y qué es incorrecto. Ya estaba todo allí: todo el conocimiento,  todos  los  conceptos  y  todas  las  reglas  sobre  la  manera  de  comportarse  en  el  mundo.

Cuando  íbamos  al  colegio,  nos  sentábamos  en  una  silla  pequeña  y  prestábamos  atención  a  lo  que  el  maestro  nos  enseñaba.  Cuando  íbamos  a  la  iglesia, prestábamos atención a lo que el sacerdote o el pastor nos decía.

La misma  dinámica  funcionaba  con  mamá  y  papá,  y  con  nuestros  hermanos  y  hermanas.

Todos  intentaban  captar  nuestra  atención.  También  aprendimos  a  captar  la  atención de  otros seres  humanos y  desarrollamos  una necesidad de atención que  siempre acaba siendo muy competitiva. Los niños compiten por la atención de sus  padres, sus  profesores, sus  amigos: «¡Mírame! ¡Mira lo  que hago! ¡Eh,  que  estoy  aquí!».  La  necesidad  de  atención  se  vuelve  muy  fuerte  y  continúa  en  la  edad  adulta.

El sueño externo capta nuestra  atención y nos  enseña  qué creer, empezando  por  la  lengua  que  hablamos.  El  lenguaje  es  el  código  que  utilizamos  los  seres  humanos para comprendernos  y comunicarnos.  Cada letra, cada  palabra  de cada  lengua,  es  un  acuerdo.   Llamamos  a esto una pagina  de un libro; la  palabra    es  un  acuerdo  que  comprendemos.  Una  vez  entendemos  el  código,  nuestra  atención queda atrapada y la energía se transfiere de una persona a otra.

Tú no escogiste tu lengua, ni tu religión ni tus valores morales: ya estaban ahí  antes de que nacieras. Nunca tuvimos la oportunidad de elegir qué creer y qué no creer.  Nunca  escogimos  ni  el  más  insignificante  de  estos  acuerdos.  Ni  siquiera  elegimos nuestro propio nombre.

De  niños  no  tuvimos  la  oportunidad  de  escoger  nuestras  creencias,  pero  estuvimos  de  acuerdo   con  la  información  que  otros  seres  humanos  nos
transmitieron del sueño  del planeta. La única forma  de almacenar información  es  por  acuerdo.  El  sueño  externo  capta  nuestra  atención,  pero  sí  no  estamos  de  acuerdo,  no  almacenaremos  esa  información. 


Tan  pronto  como  estamos  de  acuerdo  con  algo,  nos  lo  creemos ,  y  a  eso  lo  llamamos  «fe».  Tener  fe  es  creer  incondicionalmente.

Así  es  como  aprendimos  cuando  éramos  niños.  Los  niños  creen  todo  lo  que  dicen los adultos. Estábamos de acuerdo con ellos, y nuestra fe era tan fuerte, que  el  sistema  de  creencias  que  se  nos  había  transmitido  controlaba  totalmente  el  sueño  de  nuestra  vida.  No  escogimos  estas  creencias,  y  aunque  quizá  nos  rebelamos  contra  ellas,  no  éramos  lo  bastante  fuertes  para  que  nuestra rebelión  triunfase.  El  resultado  es  que  nos  rendimos  a  las  creencias  mediante  nuestro  acuerdo .

Llamo  a  este  proceso «la  domesticación  de  los  seres  humanos».  A  través  de  esta  domesticación aprendemos a vivir y a soñar. En la domesticación humana, la  información  del sueño externo se  transfiere  al sueño interno y crea  todo nuestro  sistema de creencias. En primer lugar, al niño se le enseña el nombre de las cosas:  mamá, papá, leche, botella ... Día a día, en casa, en la escuela, en la iglesia y desde  la  televisión,  nos  dicen  cómo  hemos  de  vivir,  qué  tipo  de  comportamiento  es  aceptable


El sueño  externo  nos enseña cómo ser seres humanos. Tenemos todo  un concepto  de lo  que  es  una  «mujer»  y  de  lo  que es  un  «hombre».  Y también  aprendemos  a  juzgar:  Nos  juzgamos  a  nosotros  mismos,  juzgamos  a  otras  personas, juzgamos a nuestros vecinos ...

Domesticamos  a  los  niños  de  la  misma  manera  en  que  domesticamos  a  un  perro, un gato o cualquier otro animal. Para enseñar a un perro, lo castigamos y lo  recompensamos. 


Adiestramos  a  nuestros  niños,  a  quienes  tanto  queremos, de la  misma forma en que adiestramos a cualquier animal doméstico: con un sistema de  premios y castigos. Nos  decían: «Eres un niño bueno»,  o: «Eres  una  niña buena»,  cuando  hacíamos  lo  que  mamá  y  papá  querían  que  hiciéramos.  Cuando  no  lo  hacíamos, éramos «una niña mala» o «un niño malo».

Cuando no acatábamos las reglas, nos castigaban; cuando las cumplíamos, nos  premiaban.  Nos  castigaban  y  nos  premiaban  muchas  veces  al  día.  Pronto  empezamos  a  tener  miedo  de  ser  castigados  y  también  de  no  recibir  la  recom pensa,  es  decir, la  atención  de  nuestros  padres  o  de  otras personas  como  hermanos,  profesores  y  amigos.  Con  el  tiempo  desarrollamos  la  necesidad  de  captar la atención de los demás para conseguir nuestra recompensa.

Cuando  recibíamos  el  premio  nos  sentíamos  bien,  y  por  ello,  continuamos  haciendo  lo  que  los  demás  querían  que  hiciéramos.


fingir que éramos lo que no  éramos

Debido  a  ese  miedo  a  ser  castigados y a no recibir la recompensa, empezamos a fingir que éramos lo que no  éramos, con el único fin de complacer a los demás, de ser lo bastante buenos para  otras personas.

Empezamos a actuar para intentar complacer a mamá y a papá, a  los profesores y a la iglesia. Fingimos ser lo que no éramos porque nos daba miedo  que nos rechazaran. El miedo a ser recha zados se convirtió en el miedo a no ser lo
bastante  buenos
.  Al  final,  acabamos  siendo  alguien  que  no  éramos.

Nos  convertimos  en  una  copia  de  las  creencias  de  mamá,  las  creencias  de  papá,  las  creencias de la sociedad y las creencias de la religión.

En  el  proceso  de  domesticación,  perdimos  todas  nuestras  tendencias  naturales.  Y  cuando  fuimos  lo  bastante  mayores  para  que  nuestra  mente  lo  comprendiera,  aprendimos  a  decir  que  no .  El  adulto  decía:  «No  hagas  esto  y  no  hagas  lo  otro».  Nosotros  nos  rebelábamos  y  respondíamos:  «¡No!».  Nos  rebelábamos  para  defender  nuestra  libertad.  Queríamos  ser  nosotros  mismos,  pero  éramos  muy  pequeños  y  los  adultos  eran  grandes  y  fuertes.  Después  de  cierto  tiempo,  empezamos  a  sentir  miedo  porque  sabíamos  que  cada  vez  que  hiciéramos algo incorrecto recibiríamos un castigo.

La  domesticación  es  tan  poderosa  que,  en  un  determinado  momento  de  nuestra  vida, ya no necesitamos que  nadie  nos  domestique.  No necesi tamos  que  mamá  o  papá,  la  escuela  o  la  iglesia  nos  domestiquen.

Estamos  tan  bien  entrenados  que  somos  nuestro  propio  domador.  


¿Puedo Mi AMO?


Somos  un  animal  auto  domesticado.  Ahora  nos  domesticamos  a  nosotros  mismos  según  el  sistema  de  creencias  que  nos  transmitieron  y  utilizando  el  mismo  sistema  de  castigo  y  recompensa. Nos castigamos a nosotros mismos cuando no seguirnos las reglas de  nuestro  sistema de creencias;  nos  premiamos cuando  somos  «un niño  bueno»  o  «una niña buena».

Nuestro sistema de creencias es como el Libro de la Ley que gobierna nuestra  mente.  No  es  cuestionable;  cualquier  cosa  que  esté  en  ese  Libro  de  la  Ley  es  nuestra verdad. Basamos todos nuestros juicios en él, aun cuando vayan en contra  de  nuestra  propia  naturaleza  interior.  Durante  el  proceso  de  domesticación,  se  programaron  en  nuestra  mente  incluso  leyes  morales  como  los  Diez  Mandamientos. Uno a uno, todos esos acuerdos forman el Libro de la Ley y dirigen  nuestro sueño.
 

Hay  algo  en  nuestra  mente  que  lo  juzga  todo  y  a  todos,  incluso  el  clima,  el  perro, el gato... Todo. El Juez interior utiliza lo que está en nuestro Libro de la Ley  para juzgar todo lo que hacemos y dejamos de hacer, todo lo que pensamos y no  pensamos, todo lo que sentimos y no sentimos. Cada vez que hacemos algo que va  contra  el Libro  de  la  Ley,  el  juez  dice  que somos  culpables,  que  necesitamos  un  castigo, que debemos sentirnos avergonzados.

Esto ocurre muchas veces al día, día  tras día, durante todos los años de nuestra vida.

Hay otra parte en nosotros que recibe los juicios, y a esa parte la llamamos «la  Víctima». La Víctima  carga  con  la  culpa,  el reproche  y  la  vergüenza.  

Es  esa  parte  nuestra que dice:


La Víctima


 «¡Pobre de mí! No soy suficientemente bueno, ni inteligente ni  atractivo, y no merezco ser amado. ¡Pobre de mí!». El gran Juez lo reconoce y dice:

«Sí, no vales lo suficiente». Y todo esto se fundamenta en un sistema de creencias  en  el  que  jamás  escogimos (conscientemente) creer.  Y  el  sistema  es  tan  fuerte  que,  incluso  años  después de haber entrado en contacto con nuevos conceptos y de intentar tomar  nuestras  propias  decisiones,  nos  damos  cuenta  de  que  esas  creencias  todavía  controlan nuestra vida. 



Cualquier  cosa  que  vaya  contra  el  Libro  de  la  Ley  hará  que  sintamos  una  extraña sensación  en  el plexo solar, una sensación  que se llama  miedo.

Incumplir las reglas  del  Libro de la  Ley abre  nuestras  heridas  emocionales,  y  reaccionamos  creando  veneno emocional. Dado que todo lo que  está  en  el Libro de la Ley tiene  que  ser  verdad,  cualquier  cosa  que  ponga  en  tela  de  juicio  lo  que  creemos  nos  hace  sentir  inseguros.  Aunque  el  Libro  de la  Ley  esté  equivocado,  hace  que  nos  sintamos seguros .

Por este motivo, necesitamos una gran valentía para desafiar nuestras propias  creencias;  porque, aunque sepamos que  no las  escogimos, también  es cierto  que  las  aceptamos.  El  “acuerdo”  es  tan  fuerte,  que  incluso  cuando  sabemos  que  el  concepto es erróneo, sentimos la culpa, el reproche y la  vergüenza  que aparecen  cuando actuamos en contra de esas reglas.

De  la  misma  forma  que  el  gobierno  tiene  un  Código  de  Leyes  que  dirige  el  sueño  de  la  sociedad,  nuestro  sistema  de  creencias  es  el  Libro  de  la  Ley  que  gobierna  nuestro  sueño  personal.  Todas  estas  leyes  existen  en  nuestra  mente,  creemos en ellas, y nuestro Juez interior lo basa todo en ellas.

El Juez decreta y la  Víctima sufre la culpa  y  el castigo. Pero ¿quién  dice que  este sueño sea justo? La  verdadera  justicia  consiste  en  pagar  sólo  una  vez  por  cada  error.  Lo  que  es  verdaderamente  injusto  es pagar varias veces por el mismo error.

¿Cuántas veces pagamos por un mismo error? La respuesta es: miles de veces.
 

El  ser  humano  es  el  único  animal  sobre  la tierra que  paga miles  de  veces  por  el  mismo error. Los demás animales pagan sólo una vez por cada error. Pero nosotros  no.  Tenemos  una  gran  memoria.  Cometemos  una  equivocación,  nos  juzgamos  a  nosotros  mismos,  nos  declaramos  culpables  y  nos  castigamos.  Si  fuese  una  cuestión de justicia, con eso bastaría; no necesitamos repetirlo. Pero cada vez que  lo recordamos, nos juzgamos de nuevo, volvemos a considerarnos culpables y nos  volvemos  a  castigar,  una  y  otra  vez,  y  otra,  y  otra  más.  Si  estamos  casados,  también  nuestra  mujer  o  nuestro  marido  nos recuerda  el  error,  y así  volvemos  a  juzgarnos  de  nuevo,  nos  castigamos  otra  vez  y  nos  volvemos  a  sentir  culpables.

¿Acaso es esto justo?

¿Cuántas veces hacemos que nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros padres  paguen  por  el  mismo  error?  Cada  vez  que recordamos  el  error,  los  culpamos  de  nuevo y les enviamos todo el veneno emocional que sentimos frente a la injusticia,  hacemos que  vuelvan  a  pagar  por  ello. ¿Eso  es  justicia?  El juez  de  la mente  está  equivocado porque el sistema de creencias, el Libro de la Ley, es erróneo. Todo el  sueño se fundamenta en una ley falsa. El 95 por ciento de las creencias que hemos  almacenado en  nuestra mente no son más  que mentiras,  y si sufrimos  es  porque  creemos en todas ellas.


En el sueño del planeta, a los seres humanos les resulta normal sufrir, vivir con  miedo  y crear  dramas emocionales. El sueño  externo no  es un sueño placentero;  es  un  sueño  lleno  de  violencia,  de  miedo,  de  guerra,  de  injusticia.  El  sueño  personal  de  los  seres  humanos  varía,  pero  en  conjunto  es  una  pesadilla.  Si  observamos la sociedad humana, comprobamos que es un lugar en el que resulta  muy difícil vivir, porque está gobernado por el miedo. En el mundo entero, vemos  sufrimiento, cólera,  venganza,  adicciones,  violencia  en  las  calles  y  una  tremenda  injusticia. Esto existe en diferentes niveles en los distintos países del mundo, pero  el miedo controla el sueño externo. 

El Infierno

Si comparamos el sueño de la sociedad humana con la descripción del infierno  que las distintas religiones de todo el mundo han divulgado, descubrimos que son  exactamente iguales. Las religiones dicen que el infierno es un lugar de castigo, de  miedo, de dolor y de sufrimiento, un lugar donde el fuego te quema.

Cada vez que  sentimos  emociones  como  la  cólera,  los  celos,  la  envidia  o  el  odio,  experimentamos  un  fuego  que  arde  en nuestro  interior.  Vivimos  en  el  sueño  del  infierno.

Si consideramos  que  el  infierno  es  un  estado  de  ánimo,  entonces  nos  rodea  por  todas  partes.  Tal  vez otras  personas  nos  adviertan  que si no  hacemos lo  que ellas  dicen  que  deberíamos  hacer,  iremos  al  infierno.  Pero  ya  estamos  en  el infierno, incluso la gente que nos dice eso. Ningún ser humano puede condenar a otro al infierno, porque ya estamos en él. Es cierto que los demás pueden llevarnos  a un infierno todavía más profundo, pero únicamente si nosotros se lo permitimos.

Cada ser humano, hombre o mujer, tiene su sueño personal, que, al igual que  ocurre  con  el  sueño  de  la  sociedad,  a  menudo  está  dirigido  por  el  miedo.

Aprendemos a soñar el infierno en nuestra propia vida, en nuestro sueño personal.  El mismo miedo se manifiesta de distintas maneras en cada persona, por supuesto,  pero  todos  sentimos  cólera,  celos,  odio,  envidia  y  otras  emociones  negativas.

Nuestro sueño personal  también puede convertirse  en una pesadilla  permanente  en la que sufrimos y vivimos en un estado de miedo constante. Sin embargo, no es  necesario  que  nuestro  sueño  sea  una  pesadilla.  Podemos  disfrutar  de  un  sueño  agradable.

Toda la  humanidad  busca la verdad, la justicia y la  belleza.  Estamos inmersos  en  una  búsqueda  eterna  de  la  verdad  porque  sólo  creemos  en  las mentiras  que  hemos  almacenado en nuestra  mente.  Buscamos la  justicia porque  en  el  sistema  de creencias que  tenemos  no  existe.  Buscamos  la  belleza  porque,  por  muy bella  que  sea  una  persona,  no  creemos  que  lo  sea.  Seguimos  buscando  y  buscando  cuando  todo  está  ya  en  nosotros.  No  hay  ninguna  verdad  que  encontrar.

Dondequiera  que  miremos,  todo  lo  que  vemos  es  la  verdad,  pero  debido  a  los  acuerdos y  las  creencias  que  hemos  almacenado  en  nuestra  mente,  no  tenemos  ojos para verla.


No vemos la  verdad porque estamos ciegos. Lo que nos ciega son  todas  esas  falsas creencias que tenemos en la mente. Necesitamos sentir que tenemos razón  y  que  los  demás  están  equivocados.  Confiamos  en  lo  que  creemos,  y  nuestras  creencias nos invitan a sufrir. Es como si  viviésemos en medio de una  bruma que  nos impide ver más allá de nuestras propias narices.

Vivimos en una bruma que ni  tan  siquiera  es  real.  Es  un  sueño,  nuestro  sueño  personal  de  la  vida:  lo  que  creemos,  todos  los  conceptos  que  tenemos  sobre  lo  que  somos,  todos  los  acuerdos a los que hemos llegado con los demás, con nosotros mismos  e incluso  con Dios.

Toda  nuestra  mente  es  una  bruma que  los  toltecas llamaron  mitote .


el Mitote

Nuestra  mente es un sueño en el que miles de personas hablan a la vez y nadie comprende  a  nadie.  Esta  es  la  condición  de  la  mente  humana:  un  gran  mitote , y  así  es  imposible  ver  lo  que  realmente  somos.  En  la India  lo  llaman  maya ,  que  significa  «ilusión».  Es nuestro concepto  de «Yo soy».

Todo lo que creemos sobre nosotros  mismos  y  el mundo,  todos los conceptos  y  programas  que tenemos  en la mente,  todo  eso  es  el  mitote .  Nos resulta  imposible  ver  quiénes  somos verdade ramente;  nos resulta imposible ver que no somos libres.

Esta  es  la  razón  por  la  cual  los  seres  humanos  nos  resistimos a  la  vida.

Estar  vivos  es  nuestro  mayor  miedo.  No  es  la  muerte;  nuestro  mayor  miedo  es  arriesgarnos a vivir: correr el riesgo de estar vivos y de expresar lo que realmente  somos.  Hemos  aprendido  a  vivir  intentando  satisfacer  las  exigencias  de  otras  personas.  Hemos  aprendido  a  vivir  según  los  puntos  de  vista  de  los  demás  por  miedo  a  no  ser  aceptados  y  de  no  ser  lo  suficientemente  buenos  para  otras  personas.

Durante el proceso de domesticación, nos formamos una imagen mental de la  perfección  con  el  fin  de  tratar  de  ser  lo  suficientemente  buenos.  


Creamos  una  imagen  de  cómo  deberíamos ser  para  que  los  demás  nos  aceptaran.  Intentamos  complacer  especialmente  a  las  personas  que  nos  aman,  como  papá  y  mamá,  nuestros hermanos y hermanas mayores, los sacerdotes y los profesores. Al tratar  de ser  lo suficientemente  buenos  para ellos,  creamos  una  imagen  de  perfección,  pero no encajamos en ella.

Creamos esa imagen, pero no es una imagen real. Bajo  ese punto de vista, nunca seremos perfectos. ¡Nunca!
 

Como  no  somos  perfectos,  nos  rechazamos  a  nosotros  mismos.  El  grado  de  rechazo  depende de lo  efectivos que  hayan sido los adultos  para romper  nuestra  integridad. Tras la domesticación, ya no se trata de que seamos lo suficientemente  buenos  para  los  demás.  No  somos  lo  bastante  buenos  para  nosotros  mismos  porque  no  encajamos  en  nuestra  propia  imagen  de  perfección.  Nos  resulta  imposible  perdonarnos  por no ser lo  que  desearíamos  ser, o mejor  dicho, por  no  ser  quien  creemos   que  deberíamos  ser.  No  podemos  perdonarnos  por  no  ser  “perfectos”

La Perfección


Sabemos que no somos lo que creemos que deberíamos ser, de modo que nos  sentimos falsos, frustrados y deshonestos. Intentamos ocultarnos y fingimos ser lo  que  no  somos.  El  resultado  es  un  sentimiento  de  falta  de  autenticidad  y  una  necesidad  de  utilizar máscaras sociales para evitar  que los demás se den cuenta.

Nos da mucho miedo que alguien descubra que no somos lo que pretendemos ser.

También  juzgamos a  los  demás  según  nuestra  propia  imagen  de  la  perfección,  y  naturalmente no alcanzan nuestras expectativas.

Nos  deshonramos  a  nosotros  mismos  sólo  para complacer  a  otras  personas.

Incluso llegamos a dañar nuestro cuerpo para que los demás nos acepten. Vemos a  adolescentes  que  se  drogan  con  el  único  fin  de  no  ser  rechazados  por  otros  adolescentes. No son conscientes de que el problema estriba en que no se aceptan  a sí mismos. Se rechazan  porque no son lo que pretenden ser. Desean ser de  una  manera  determinada,  pero  no  lo  son,  y  esto  hace  que  se  sientan  culpables  y  avergonzados. Los seres humanos nos castigamos a nosotros mismos sin cesar por  no ser como creemos que debería mos ser. Nos maltratamos a nosotros mismos  y  utilizamos a otras personas para que nos maltraten.

Pero  nadie  nos  maltrata  más  que  nosotros  mismos;  el  juez,  la  Víctima  y  el  sistema  de  creencias  son  los  que  nos  llevan  a  hacerlo.  Es  cierto  que  algunas  personas dicen  que  su marido  o su mujer, su madre  o  su  padre  las  maltrataron,  pero  sabemos  que  nosotros  nos  maltratamos  todavía  más.

Nuestra  manera  de  juzgarnos  es  la  peor  que  existe.  Si  cometemos  un  error  delante  de  los  demás,  intentamos  negarlo  y  taparlo;  pero  tan  pronto  como  estamos  solos,  el  juez  se  vuelve  tan  tenaz  y  el  reproche  es  tan  fuerte,  que  nos  sentimos  realmente  estúpidos, inútiles o indignos.

Nadie,  en  toda  tu  vida,  te  ha  maltratado  más  que  tú  mismo.  El  límite  del  maltrato  que  tolerarás  de  otra  persona  es  exactamente  el  mismo  al  que  te  sometes tú. Si alguien llega a maltratarte un poco más, lo más probable es que te  alejes de esa persona. Sin embargo, si alguien te maltrata un poco menos de lo que  sueles  maltratarte  tú,  seguramente  continuarás  con  esa  relación  y  la  tolerarás  siempre.

Si  te  castigas  de  forma  exagerada,  es  posible  que  incluso llegues  a  tolerar  a  alguien que te agrede físicamente, te humilla y te trata como si fueras basura. ¿Por  qué? Porque, de acuerdo con tu sistema de creencias, dices: «Me lo merezco. Esta  persona me hace un favor al estar conmigo.  No soy digno de amor ni de respeto.  No soy suficientemente bueno».

Necesitamos  que  los  demás  nos  acepten  y  nos  amen,  pero  nos  resulta imposible  aceptarnos  y  amarnos  a  nosotros  mismos.  Cuanta  más  autoestima  tenemos, menos nos maltratamos. El abuso de uno mismo nace del autorrechazo,  y  éste  de  la  imagen  que  tenemos  de  lo  que  significa  ser  perfecto  y  de  la  imposibilidad de alcanzar ese ideal. Nuestra imagen de  perfección es la razón por  la  cual  nos  rechazamos;  es  el  motivo  por  el  cual  no  nos  aceptamos  a  nosotros  mismos tal como somos y no aceptamos a los demás tal como son. 


 EL PRELUDIO DE UN NUEVO SUEÑO

Has  establecido millares  de acuerdos contigo mismo, con  otras personas, con  el sueño  que  es tu vida, con  Dios, con la sociedad, con tus padres, con  tu  pareja,  con  tus  hijos;  pero los acuerdos más  importantes  son  los  que  has  hecho  contigo  mismo.  En  esos acuerdos te has dicho  quién  eres,  qué sientes, qué crees y cómo  debes  comportarte.  El  resultado  es  lo  que  llamas  tu  personalidad.  En  esos  acuerdos dices: «Esto es lo que soy. Esto es lo que creo. Soy capaz de hacer ciertas  cosas  y  hay  otras  que  no puedo hacer.  Esto  es  real  y  lo  otro  es  fantasía;  esto  es  posible y aquello es imposible».

Un solo acuerdo no  sería un gran  problema,  pero tenemos muchos  acuerdos que nos hacen sufrir, que nos hacen fracasar en la vida. Si quieres vivir con alegría  y satisfacción, debes hallar la valentía necesaria para romper esos acuerdos que se  basan  en  el  miedo  y  reclamar  tu  poder  personal.  Los  acuerdos  que  surgen  del  miedo  requieren  un  gran  gasto  de  energía,  pero  los  que  surgen  del  amor  nos  ayudan a conservar nuestra energía e incluso a aumentarla.

Todos  nacemos  con  una  determinada  cantidad  de  poder  personal  que  se  renueva  cada  día  con  el  descanso.  Desgraciadamente,  gastamos  todo  nuestro  poder  personal  primero  en  crear  esos  acuerdos,  y  después  en  mantenerlos


Los  acuerdos  a  los  que  hemos  llegado  consumen  nuestro  poder  personal,  y  el  resultado  es  que  nos  sentimos  impotentes.  Sólo  nos  queda  el  poder  justo  para  sobrevivir  cada  día,  porque  utilizamos  la  mayor  parte  de  él  en  mantener  los  acuerdos que nos atrapan en el sueño del planeta. ¿Cómo podemos cambiar todo  el sueño de nuestra vida cuando ni siquiera  tenemos poder para cambiar hasta el  acuerdo más insignificante?

Si somos capaces de reconocer que nuestra vida está gobernada por nuestros  acuerdos  y  el  sueño  de  nuestra  vida  no  nos  gusta,  necesitamos  cambiar  los  acuerdos.  Cuando  finalmente  estemos  dispuestos  a  cambiarlos,  habrá  cuatro  acuerdos muy  poderosos  que  nos  ayudarán  a  romper  aquellos  otros que  surgen  del miedo y agotan nuestra energía.

Cada  vez  que  rompes  un  acuerdo,  todo  el  poder  que  utilizaste  para  crearlo  vuelve  a  ti.  Si  los  adoptas,  estos  cuatro  acuerdos  crearán  el  poder  personal  necesario para que cambies todo tu antiguo sistema de acuerdos.

Necesitas  una  gran  voluntad  para  adoptar  los  Cuatro  Acuerdos,  pero  si  eres  capaz  de  empezar  a  vivir  con  ellos,  tu  vida  se  transformará  de  una  manera  asombrosa.  Verás cómo  el drama del infierno desaparece  delante de tus mismos  ojos.  En lugar de  vivir  en  el sueño  del infierno, crearás un nuevo  sueño:  tu sueño  personal del cielo.




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